Cuando era niña a veces mi mamá me sorprendía con unos deliciosos postres y segundo clásicos de mi país, mientras saboreada la canela en polvo mezclada en el “arroz zambito” podía intuir que ella no había preparado aquel platillo, en casa era raro la presencia de un postre. Como buena catadora, tenía que comprobar mi sospecha – mami ¿tú lo preparaste? – no, la vecina se lució ¿verdad? – me decía sonriendo.
La vecina era conocida en mi barrio por tener el secreto norteño para la cocina, su forma de preparación especial y delirante de todos los manjares peruanos, desde una sencilla mazamorra morada hasta un exquisito ceviche de pato hacía que ella se enorgulleciera de sus manos. Aquella mujer pequeñita de cabello corto como escolar, con su sonrisa que te invitaba a charlar y saber de los últimos chismesitos del barrio, dio sus días desde que recuerdo a su amada cocina y a sus hijos.
En el año 2021, mientras atravesábamos por una pandemia por la Covid-19, la vecina fue otra víctima sobreviviente, para nosotros fue una buena noticia saber que luchó y lo logró, días después de su alta la vi por el parque frente a la gruta de la Virgen –Buenas noche vecinita, le saludé – Tu sobrinito ya está grande, comentó – sí vecinita, ya ha pasado tiempo y encima encerrados –chao, cuídate, terminó; ese día no hubo chismecito, ni preguntas, debí decir más, ser amble con ella.
El 17 de mayo un amotinamiento de policías en mi cuadra siempre tranquila despertó la curiosidad de todos, y yo no fui ajena. La otra señora de los últimos chismecitos entraba a su casa sosteniendo un vaso de agua, la mano temblorosa y los ojos rojos, voces cercanas murmuraban “pobrecita”, “no lo puedo creer, si se le veía bien”, “estaría tan desesperada”.
La vecinita había desaparecido un miércoles, se fue dejando con llave la puerta y su hijo adulto dentro de la casa, estuvieron preguntando por ella sus amigas más cercanas y el jueves por la tarde su cuerpo fue encontrado en un rio lejano a su hogar. Su mejor amiga, quien le llevaba el almuerzo, porque Solamé ya no podía cocinar, entre lágrimas repetía las palabras que constantemente estuvo repitiendo su comadre ‘por mí me lanzo al río y por ella lo cumplió’.
Trato de imaginar la tristeza constante de sus últimos días y la imposibilidad de hacer lo que tanto le gustaba y nosotros, sus vecinos, disfrutábamos; cocinar, la vejez le había quitado lo que le hacía ser ella.
Atribuimos, al menos yo solía hacerlo, el deseo de morir a las almas jóvenes pero aun estando cercanos a nuestro final podemos evaluar adelantarlo, es que nuestro propia existencia en la que ya no somos nosotros puede convertirse en algo insostenible, ahora entiendo lo valioso que pudo haber sido decirle que jamás probé arroz zambito más rico que el suyo y lo lamento.
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