Aquí de nuevo

Terminaron las vacaciones, y con ellas los despertares hasta tarde, las chiquijuergas, la compañía de mamá y van desapareciendo las lluvias.

Pero recupero algunas horas para mí, me siento después de mucho frente a la pantalla, no hay bulla, visitas o actividades planificadas. Mientras mi hijo estaba de vacaciones, compatíamos casi las 24 horas de los 7 días, y no es que no lo quiera. El no tener tiempo para ordenar mi cabeza, escuchar mis pensamientos y poder verme en el espejo con crudeza es lo que hacía falta.

Sé que hago muchas cosas no como quisiera, trabajar, estudiar, maternar, ejercitarme, tener amig@s, viajar, coger, leer, coser, crear. Pero en la mezcla de lo que alcanzo hacer voy creciendo y reconociéndome más infantil.

Hoy en la mañana, pensaba en todo lo que debería ser mi hijo, más alto, más fuerte, más inteligente, más deportista, más hablador, más obediente, más puntual, más rápido, más independiente, más astuto, más todo. Y cuando no está a mi lado, veo que es perfecto. Resuena en mi mente todas las cosas que se suponen debo lograr antes de llegar a los 40; sí, ya llegaré a los cuarenta. Y esta carrera desesperada que trato de hacer recorrer a mi hijo, no es a él, es mi carrera. Proyectándola, inmortalizandome en esas innecesarias necesidades.

Quiero amar, que me amen, ser política, diseñadora de modas, economista, tener mi empresa, hacer dinero, tener casa, un respaldo económico. Pero por sobre todo, no quiero verme sola en un futuro, porque me asusta que esa condición ate a mi hijo a la idea de que debe quedarse a mi lado. No quisiera enfermar y que el postergue sus cosas. La libertad que anhelo no quiero arrebatarsela. En los últimos intentos de relaciones que tuve, busqué eso, no a la persona, no me encandilé con lo que eran, sino pensaba en lo conveniente que podía ser.

Dejaré que sea, en el caos.

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